María, llevada al cielo, no nos olvida

María fue llevada al cielo pues
Dios quiso tenerla junto a Él en cuerpo y alma, disfrutando por anticipado de la gloria por
toda la eternidad, de esa gloria que los hombres podrán recibir cuando la
resurrección de la carne, al final de los tiempos. Dios Padre, Hijo y Espíritu,
con ella, no podían esperar a ese momento. No hay ningún problema en entender que
Dios lo anticipe en su Hijo unigénito y en su madre. Tú y yo hubiéramos hecho lo
mismo.
Reza el orante en el salmo responsorial de la Liturgia de
la Palabra del día de hoy: “prendado está
el rey de tu belleza” (Ps 44). Su belleza no es solo externa y de adornos, collares, joyas, pulseras, etc. En ella, por ser la Madre de Dios, la madre
de Cristo, están todos los dones tanto naturales como sobrenaturales con que
Dios, en el momento de su creación, había adornado al ser humano en su cuerpo y en su alma. Para tener el sentido
correcto del paraíso terrenal, habló mucho Juan Pablo II, ayudando a
corregir errores de la mentalidad popular en materia de fe. El paraíso, el
edén, no es un lugar concreto que más de uno quisiera encontrar aquí o allí. Se
trata de entender que Dios colocó a Adán y a Eva en la condición paradisíaca de
perfección terrenal, de señorío sobre todas las criaturas de la tierra, de felicidad terrenal a tope… de
disfrutar ya aquí en la vida terrenal de la condición de ser imagen y semejanza de Dios. O sea hijos en el Hijo.
En el ser humano, lo previsto por el Creador es que lo natural y lo sobrenatural estén unidos en perfecta sintonía. Lo natural es la base y lo sobrenatural (la gracia y las virtudes infusas) no destruye lo natural, sino que, por el contrario, lo sana y lo eleva.

En uno de los Prefacios de la Misa de este día se reza:
desde su asunción a los cielos, acompaña
con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos hacia la patria
celeste hasta la venida gloriosa del Señor. En otro: ella brilla en nuestro camino como signo de consuelo y de firme
esperanza. Rezamos lo que se creemos y creemos lo
que rezamos.
Juan Pablo II, en la
encíclica “la Madre del Redentor” escribía: “junto al Hijo en los cielos, María ha superado ya el umbral entre la fe
y la visión «cara a cara». Al mismo tiempo, sin embargo, en este cumplimiento
escatológico no deja de ser la «estrella del mar» (maris stella) para todos los
que aún siguen el camino de la fe” (RM 6).
Francisco
comentaba el 15 de agosto de 2013: “Ella
naturalmente ya ha entrado de una vez y para siempre en el Cielo, pero esto no
significa que sea lejana, que se haya alejado de nosotros, de hecho María nos
acompaña, lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra
las fuerzas del mal".
La Iglesia y cada bautizad@, como María, debe, puede, quiere estar pendiente de todos sus hij@s. Todos somos hij@s de Dios por el Hijo.

El Mensaje de los padres conciliares iba dirigido
también a ese puñado inmenso de hombres y mujeres tan necesarios para disfrutar
en esta vida temporal y caduca. A ell@s se dirgían: “A vosotros todos, artistas, que estáis prendados de la belleza y que
trabajáis por ella; poetas y gentes de letras, pintores, escultores,
arquitectos, músicos, hombres de teatro y cineastas”.

Así la Iglesia sirve
plenamente a la felicidad y paz humana durante el tiempo. Estas ideas
(elementales) que el Concilio Vaticano II puso sobre la mesa, sacándolas del
baúl de los recuerdos, las repetían Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y
ahora Francisco y ninguno de ellos –por hablar de justicia, de paz y de
progreso- es sospechoso de ser miembro de la mala Teología de la Liberación, la
de cuño marxista y ateo que se difundió en la segunda mitad del pasado siglo
XX.
Como Juan Pablo II, tenemos claro que “María está en todas las vías de la vida cotidiana” (RH, 22) y la devoción filial de cada hij@ suy@ busca tenerla presente a diario, mañanas, tardes y noches. El verdadero cariño filial lleva a que cada hij@ de María la comprometa con la oración del “Jamás se ha oído decir que ninguno…”. Y si un@ es cantautor, su Madre se alegra por su iniciativa creadora, por su libertad de espíritu y por no quedarse atrapado con "lo de siempre".

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