Los 40 días del tiempo pascual

De “Jesús de Nazaret” de Joseph Ratzinger, 2007, donde dice que no lo escribe como papa -Benedicto XVI- sino como teólogo, entresaco estas líneas del tomo II sobre la resurrección de Jesús (pp 93 - 102) y su ascensión al cielo (pp 102 – 113).
Si se prescinde de esto (…) la fe cristiana queda muerta. En este caso, Jesús es una personalidad religiosa fallida; una personalidad que, a pesar de su fracaso, sigue siendo grande y puede dar lugar a nuestra reflexión, pero permanece en una dimensión puramente humana, y su autoridad sólo es válida en la medida en que su mensaje nos convence.
Que Jesús
sólo haya existido o que, en cambio, exista también ahora depende de la
resurrección. En el «sí» o el «no» a esta cuestión no está en juego un
acontecimiento más entre otros, sino la figura de Jesús como tal.

Jesús
no ha vuelto a una vida humana normal de este mundo, como Lázaro y los otros
muertos que Jesús resucitó (…) Él se manifiesta a los suyos (…) no un cadáver reanimado, sino alguien que
vivía desde Dios de un modo nuevo y para siempre (…) Se trataba de algo absolutamente sin igual,
único, que iba más allá de los horizontes usuales de la experiencia y que, sin
embargo, seguía siendo del todo incontestable para los discípulos.
Para la
comprensión teológica del sepulcro vacío me parece importante –escribe
Ratzinger- un pasaje del discurso de san Pedro en Pentecostés, en el cual
anuncia abiertamente por primera vez la resurrección de Jesús a la muchedumbre
reunida. No lo hace con palabras suyas, sino mediante una cita del Salmo 16,
9-11, donde se dice: «Mi carne descansa
en la esperanza, porque no (…) permitirás que tu Santo sufra la corrupción»
(Hch 2, 26 ss). «No conocer la corrupción»: ésta es precisamente la definición
de resurrección. Un anuncio de la resurrección habría sido imposible si el
cuerpo de Jesús hubiera permanecido en el sepulcro.
Todo
lector notará enseguida las diferencias entre los relatos de la resurrección en
los cuatro Evangelios. Mateo, además de la aparición del Resucitado a las
mujeres junto al sepulcro vacío, conoce solamente una aparición a los Once en
Galilea. Lucas conoce sólo tradiciones jerosolimitanas. Juan habla de
apariciones tanto en Jerusalén como en Galilea. Ninguno describe la
resurrección misma de Jesús.

La narración sobre la «ascensión», concluye el Evangelio de Lucas y así
comienzan los Hechos de los Apóstoles. «Mientras los bendecía, se separó de
ellos subiendo hacia el cielo» (Lc 24, 50-53).

Los discípulos no se sienten abandonados; no creen que Jesús se haya
como disipado en un cielo inaccesible y lejano (…) Están seguros de que el
Resucitado (como Él mismo había dicho, según Mateo), está presente entre ellos,
precisamente ahora, de una manera nueva y poderosa.
La «ascensión» no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la
permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les
produce una alegría duradera.
Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la
«ascensión» (…) está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en
todo lugar y a lo largo de la historia.
Por el bautismo, nuestra vida está ya escondida con Cristo en Dios; en
nuestra verdadera existencia ya estamos «allá arriba», junto a Él, a la derecha
del Padre (cf. Col 3, 1ss).

Forma parte del mensaje de los testigos anunciar que Jesús vendrá de
nuevo para juzgar a vivos y muertos, y para establecer definitivamente el Reino
de Dios en el mundo. Una gran corriente de la teología moderna ha sostenido que
este anuncio es el contenido principal, si no el único núcleo del mensaje.
El Apocalipsis termina con la promesa del retorno
del Señor e implorando que se cumpla: «El
que atestigua esto responde: "Sí, vengo enseguida". Amén. ¡Ven, Señor
Jesús!» (Ap 22, 20). Es la oración de la persona enamorada que, en la
ciudad asediada y oprimida por tantas amenazas y los horrores de la
destrucción, espera necesariamente con afán la llegada del Amado, que tiene el
poder de romper el asedio y traer la salvación.
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