Ejercicios espirituales del Papa y la curia en marzo 2016
Del
domingo 6 por la tarde al sábado 12 por la mañana, predica el P. Ermes Ronchi,
servita, con “diez preguntas desnudas del
Evangelio”.
Evidentemente cada una de ellas tiene un
fondo comprometedor pero ante ellas la mente y el corazón se sienten atraídos.
La 1ª meditación fue
sobre la pregunta de Jesús: "¿Qué buscáis?" (Jn 1, 38).
Dijo el predicador que la propuesta para estos días es detenerse en escucha ante las preguntas de Dios, no para interrogar al Señor, sino para dejarse interrogar por Él; detenerse ante "las preguntas desnudas del Evangelio". Y amar estas preguntas que ya son revelación.
Jesús educa en la fe a través de preguntas más
que a través de las palabras. Y de hecho, los cuatro Evangelios ofrecen más de 220
preguntas del Señor.
El mismo Jesús es una pregunta, puesto que su
vida y su muerte nos interpelan acerca del sentido último de las cosas y nos
interrogan sobre lo que hace feliz la vida siendo, precisamente Él, la
respuesta.
"Todo hombre - concluyó el Padre Ronchi -
busca a un Dios atrayente. Dios
puede morir de aburrimiento en nuestras iglesias.
Padre Ronchi, servita. |
La 4ª meditación
consideraba las preguntas ¿Quién dice la gente que soy yo?; ¿pero vosotros
quien decís que soy yo? Un modo para decir a los suyos de no conformarse con lo
que dice la gente, porque la fe no avanza por lo que dice la gente.
La respuesta que Jesús busca no son las palabras. Él busca a las
personas. No definiciones, sino compromiso. Los discípulos no deben temer dar
una respuesta pre-confeccionada a esta pregunta, no existe ningún credo. A
Jesús le importa saber si sus discípulos han abierto el corazón.
Jesús es un beso a
quien lo traiciona.
No entrega a ninguno, se entrega a sí mismo. No derrama la sangre de ninguno,
derrama su propia sangre. No sacrifica a ninguno, se sacrifica a sí mismo.
Hasta antes de la pregunta, los discípulos no
habían entendido a su Maestro. Por esto, Jesús es firme en imponer a los suyos
de no decir nada a la gente. Una orden severa, que alcanza a toda la
Iglesia porque muchas veces hemos predicado un rostro deformado de Dios.
Que la Iglesia aprenda a ponerse a un lado para
que en su anuncio haga brillar siempre el rostro de Dios y no a sí misma.
Una de las meditaciones
de hoy jueves se basaba en las preguntas del Resucitado: "Mujer, ¿por qué
lloras? ¿A quién buscas?" (Jn 20, 15), y "Simón, hijo de Juan, ‘¿me
amas?", (Jn 21, 16).
En la otra predicación el tema propuesto fue las preguntas de Jesús ante la
adúltera que le ponen a sus pies los fariseos: Mujer, ¿dónde están tus
acusadores? ¿Alguien te ha condenado?" (Jn 8, 10). Es un pasaje evangélico
que durante siglos ha sido ignorado por las comunidades cristianas.
Que Jesús perdone es el fundamento de la misericordia divina; los acusadores e hipócritas niegan a Dios, es decir, su misericordia. A quien le gusta acusar, embriagándose con los defectos de los demás, cree que salva la verdad lapidando a quienes se equivocan. Pero de este modo nacen las guerras, se generan conflictos entre las naciones y también en las instituciones eclesiales, en los conventos y en las oficinas, donde las reglas, las constituciones y los decretos se convierten en piedras con las que "lapidar a alguien".
Los poderes que no dudan en usar a una vida humana y a la religión ponen a Dios contra el hombre. Y ésta es la tragedia del integrismo religioso.
El Señor no soporta a los hipócritas,
los que llevan máscaras, los que tienen un corazón doble, los comediantes de la
fe y no soporta a los acusadores y a los jueces.
El juicio contra la adúltera se convirtió en un bumerang contra la hipocresía de los jueces.
Jesús realiza "una revolución radical" sobrecogiendo el orden tradicional y el eje vertical que tiene por encima de todo a un Dios juez y punitivo.
Un Dios desnudo, en la cruz, que perdona, será el
gesto impresionante y necesario para apagar la mecha de las infinitas bombas
sobre las cuales está sentada la humanidad".
Vete y de ahora en adelante no peques más son las palabras que bastan para cambiar
una vida. Lo que está detrás ya no importa. Es el futuro lo que cuenta ahora.
Las palabras de Jesús y sus gestos rompen el
esquema buenos-malos, culpables-inocentes. Jesús, con la misericordia nos
conduce más allá de las empalizadas de la ética.
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