Este
domingo 19 de noviembre es el XXXIII del Tiempo Ordinario, el anterior a Cristo
rey del universo, se celebra la I Jornada mundial que el papa Francisco instituyó
al clausurar el Año de la Misericordia con la carta Misericordia et misera (MiMi) el año pasado. En ella
nos dijo que “Tiene que servir como la
preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del
Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos
juzgará a partir de las obras de misericordia (cf. Mt 25,31-46)”.
“Será una Jornada –sigue
diciendo Francisco en el documento que la instituía- que ha de ayudar a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar
cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho que, mientras
Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa (cf. Lc 16,19-21), no podrá
haber justicia ni paz social. Esta Jornada constituirá también una genuina
forma de nueva evangelización (cf. Mt 11,5), con la que se renueve el rostro de
la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de
la misericordia” (MiMi, 21).
Esta celebración es un paso más de los que viene dando el Papa y que ya
anunció recién elegido y al salir al balcón a saludar a los presentes y al
mundo entero que lo veía por la tele. Aquel día, en su saludo, ya manifestó
cuánto le gustaría una Iglesia pobre y para los pobres.
La idea está clara en los evangelios o sea desde el principio. Todos conocemos el enfado de Judas (Iscariote) cuando en casa de Simón el leproso, en Betania y el "despilfarro" de perfume que podía haberse vendido por 300 denarios y dárselo a los pobres (cf Mc 14, 3- 6). O como en el Concilio
de Jerusalén, del año 50, Santiago, portavoz conciliar, le dijo a Pablo que su
tarea pastoral con los gentiles les parecía muy bien; que hiciera lo que quisiera pero que no se olvidara de los pobres.
O sea que la actual opción preferencial por los pobres, aunque sin ese
título, ha sido algo real y vivido por cristian@s a lo largo de todos los
siglos de manera particular, como carisma personal pero que ha venido sirviendo
para que ese “detalle” cristiano no se olvidara. Como muestra de ello, hago un
breve recorrido por el santoral, solamente en enero y febrero, pues ya sale un
listado que es suficiente, creo, para comprobar esa realidad.
Sinclética (+400
con 84 años). Nada más quedar huérfana, se deshizo de su fortuna que entregó a
la Iglesia para repartir a los pobres y con su hermana pequeña ciega de nacimiento,
se retiró a la soledad. Se la considera la Madre del monacato oriental.
Eufrosina (+470), llamada “nuestra madre” por los
griegos, cuando estaba para ser casada por su padre, regaló todas sus joyas a
los pobres.
Severino (+482) agustino, patrono
de Viena y Baviera. Llevaba una vida de gran pobreza y caridad con
todos, de tal manera que era venerado aún por los reyes bárbaros, cuando
algunos identificaban a Atila con el anticristo. No era sacerdote y se negó a
ser obispo; fundó monasterios para cristianizar las orillas del Danubio que
eran sacudidas por terribles embestidas de los Hunos que sembraban la
desolación y la ruina; venían a expoliar la riqueza, el poder y la cultura de
Europa. Entendió que la fuerza de esos jóvenes pueblos bárbaros era imparable y
la decadente sociedad romana recuperaría con ellos el vigor.
Baldomero |
Baldomero (+660) cerrajero en Lyon donde era la excepción por su honradez y cumplía el precepto de descansar el
domingo. El dinero que ganaba, como no tenía obligaciones conyugales, lo donaba
todo a los pobres. Ya con edad avanzada ingresó en el monasterio de san
Sulpicio.
Oswaldo
(+992) fue obispo de York y de Worcester. A diario lavaba los pies a 12 pobres.
Wulfstano
(+1095 con 87 años) sacerdote que se hizo benedictino y fue obispo de
Worchester. Murió lavando los pies a unos pobres como hacía a diario.
Lesmes (+1097). De una familia
acaudalada, después de unos años de vida militar, repartió sus bienes entre los
pobres, vistió las ropas de uno de sus antiguos criados y se fue en peregrinación
a Roma. En Burgos fundó un monasterio benedictino, para atender a los
peregrinos que viajaban a Santiago de Compostela y al cuidado de los enfermos.
Emma de Inglaterra (+1300), madre del rey san Eduardo de
Inglaterra y esposa de Ricardo "sin miedo", jefe de Normandía. Se ha
conservado intacta su mano derecha, con la cual repartió tantas limosnas a los
pobres.
Ángela de
Foligno
(+1309 con 61 años), una de las místicas más famosas a pesar de que los
primeros años de su vida fue una mujer frívola y vanidosa, viviendo en la
opulencia con derroche de lujo. Se casó muy joven y tuvo varios hijos. Cuando
tenía 35 años, murieron sucesivamente su madre, su esposo y sus hijos. Tras
este tremendo golpe se hizo terciaria franciscana y regaló toda su fortuna y
castillos a los pobres. Canonizada en 2013 por el papa Francisco eximiéndola
del milagro previsto.
Jerónimo Emiliani (+1537 con
56 años), sacerdote
fundador de los somascos. Noble veneciano, militar, pendenciero y
libertino, un día converso, se hizo apóstol de los niños pobres, huérfanos y
abandonados, de los que es patrono.
Ángela de Mérici (+1540 con 66 años) siendo terciaria
franciscana fundó las Ursulinas, la primera institución femenina dedicada a la
enseñanza de niñas pobres cuando la educación todavía entonces era sólo para
los hombres de familias distinguidas y que se preparaban para la milicia o la
diplomacia.
Juan de Ribera (+1611 con 80 años). Sevillano hijo
del virrey de Nápoles, fue obispo de Badajoz antes de los 30 años, donde tres
veces vendió todo su ajuar y muebles familiares para dar de comer a los pobres.
Luego fue Patriarca de Antioquia, Arzobispo de Valencia 42 años (a donde llegó
sin un céntimo) y Virrey de Valencia (1602-04).
Thévenet |
María
de san Ignacio (Claudine)
Thévenet (+1837 con 63 años). Fundó la Congregación de las RR de
Jesús-María para la educación cristiana de todas las clases sociales, con
preferencia para los niños más pobres. Canonizada en 1993.
Leonardo
Murialdo (+1900 con 72 años), sacerdote turinés que fundó la Congregación
de San José para la formación de la juventud pobre y abandonada. El núcleo
central de su espiritualidad era la convicción de la misericordia divina.
Alfonso María Fusco (+1910
con 71 años) sacerdote, canonizado en 2016, fundador de la Congregación de las HH de San Juan Bautista (bautistinas)
para el cuidado de huérfanas pobres. Juan
Pablo II al beatificarlo le nombró protector de pobres y necesitados.
Ángela de la Cruz (+1932
con 86 años). Fundó el Instituto de HH de la Compañía de la Cruz para el servicio
a Dios en los hermanos más pobres “haciéndose pobre con el pobre para
llevarlo a Cristo”. Llamada por el pueblo “madre de los pobres”. Fue una
Teresa de Calcuta sevillana. Canonizada en 2003.
Andrè
Bessette
(+1937 con 91 años), religioso de la Congregación de la Santa Cruz, fallecido
en Montreal (Canadá), era humilde y amigo de los pobres y los afligidos. A sus
funerales, día con muy mala meteorología, acudió un millón de devotos. Hoy día son
más de dos mil los peregrinos al oratorio de san José en Monte Royal donde
están sus restos. Canonizado en 2010.
Si recorriéramos los
doce meses del santoral aparecerían muchos miles de nombres, pero no cabe duda
que existen muchos millones de hombres y mujeres, cuyos nombres ni se conocen
ni están escritos en ningún lugar pero que han vivido la atención y dedicación
a los pobres, aunque no sea ful-time, con una naturalidad maravillosa, sin
alardes, sin buscar el aplauso ni recibir premios nobeles ni salir por las
teles.
A parte de los que
atienden a los pobres y desheredados, es evidente que hay que aplaudir, aunque
sea también sin aparato ni espectáculo, a l@s cristian@s que procuran llevar el
Evangelio a l@s causantes de la pobreza planetaria. La pobreza de tantos
millones de seres humanos hay día no es por falta de riqueza sino por su “mala”
distribución, dirigida únicamente por la avaricia y el egoísmo de los
culpables.
El papa Francisco en “La alegría del
evangelio” deja escrito: “animo a los
expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las
palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios
bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos,
sino suyos»” (EvG, 57).
Benedicto XVI escribió en su primera
encíclica “Dios es amor”: Desde el siglo XIX se ha planteado una objeción
contra la actividad caritativa de la Iglesia (…) Los pobres, se dice, no
necesitan obras de caridad, sino de justicia. Las obras de caridad —la limosna—
serían en realidad un modo para que los ricos eludan la instauración de la
justicia y acallen su conciencia, conservando su propia posición social y
despojando a los pobres de sus derechos… Se debe reconocer que en esta
argumentación hay algo de verdad, pero también bastantes errores (DCE 26).
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